Método · 7 min
Cinco reglas por las que rechazamos encargos, desarrolladas una a una: el orden del ciclo, la línea base antes del modelo, lo aburrido y mantenible, la salida sin lock-in y un solo interlocutor.
Hay cinco reglas por las que decimos que no a un encargo. No son una declaración de intenciones colgada en una página: cada una nos ha costado proyectos concretos, y las mantenemos porque los que aceptamos con ellas puestas terminan.
Merece la pena leerlas antes de pedir presupuesto a nadie, incluidos nosotros. Si alguna te parece exagerada, probablemente sea la que más te vaya a ahorrar.
El orden no es negociable.
Nadie monta un modelo sobre datos que no cuadran. Si los cimientos no aguantan, lo primero que proponemos es arreglarlos, aunque sea la parte menos vistosa del presupuesto y aunque no sea lo que venías a comprar.
El orden del ciclo del dato no es una preferencia metodológica: es una dependencia. Un modelo predictivo se apoya en métricas acordadas, las métricas se apoyan en procesos que traen el dato todos los días, y esos procesos se apoyan en un sitio donde el dato tenga una forma estable. Saltarse un peldaño no acelera el proyecto, lo traslada: el trabajo que no se hizo abajo reaparece arriba, y ahí cuesta más caro.
Lo que hace peligroso este atajo es que no falla haciendo ruido. Si construyes un cuadro de mando sobre datos que no cuadran, el cuadro se pinta igual, los colores salen igual y las cifras parecen cifras. Nadie recibe un error. La factura llega meses después, cuando alguien decide algo con ese número y el número era mentira.
Por eso, si en el diagnóstico aparece que los cimientos no aguantan, lo primero que vas a ver en la propuesta es arreglarlos, aunque hubieras venido a comprar otra cosa. Es la parte del presupuesto que peor se enseña en una reunión y la única que hace que lo demás signifique algo.
Si una regla ya lo resuelve, sobra el modelo.
Antes de proponer nada predictivo comprobamos que supere con claridad a lo que ya haces hoy. Si no lo supera, te lo decimos y nos ahorramos los dos el proyecto. Es la conversación más incómoda de este oficio y la que más veces evita un gasto inútil.
Antes de proponerte nada predictivo, lo que hacemos es medir lo que ya haces. Esa regla de tres que alguien ajustó a ojo hace seis años, el «si el cliente no compra en noventa días, lo llamamos», el histórico del mismo mes del año pasado: eso es tu línea base, y hasta que no está medida, cualquier modelo parece bueno porque no se compara con nada.
La comparación tiene que ser honesta o no sirve. Sobre datos que el modelo no haya visto, con una partición temporal y no aleatoria —el futuro no está disponible cuando decides—, y contra el coste real de equivocarse en cada dirección: no es lo mismo un falso positivo que cuesta una llamada que uno que cuesta un envío.
Cuando el modelo no supera a la regla con claridad, te lo decimos y ahí se acaba. Es la conversación más incómoda de este oficio, y es la que más veces ha evitado un gasto que no iba a devolver nada.
Preferimos lo aburrido y mantenible.
Elegimos la tecnología que tu equipo pueda sostener dentro de dos años, no la que mejor queda en una presentación. Casi siempre resulta ser la más simple, y casi nunca la más reciente.
«Aburrido» aquí significa una cosa concreta: tecnología con años de rodaje, documentación que existe, respuestas cuando buscas un error, y gente en el mercado que ya sabe usarla. Casi siempre acaba siendo PostgreSQL, unos cuantos procesos programados y SQL que se lee. Casi nunca es lo que se anunció el trimestre pasado.
La pregunta que decide no es qué rinde mejor en una prueba, sino quién va a estar mirando esto dentro de dos años cuando falle un martes a las ocho de la mañana. Una herramienta que tu equipo no puede sostener no es una ventaja técnica: es una dependencia de nosotros disfrazada de decisión de arquitectura.
Esto tiene un precio y conviene decirlo: alguna vez la opción aburrida es un 20 % más lenta. Se asume con gusto, porque el coste de mantener viva una pieza que nadie entiende no aparece en ningún banco de pruebas y se paga todos los meses.
Sin lock-in.
Construimos sobre herramientas estándar y documentamos lo que hacemos. Si algún día quieres cambiar de proveedor o llevártelo dentro de casa, no deberías empezar de cero. Que te quedes tiene que ser una decisión tuya, no una consecuencia del diseño.
El lock-in casi nunca se firma: se acumula. Empieza con una función propietaria que resuelve algo en dos líneas, sigue con un formato que solo lee esa herramienta y termina con una lógica de negocio que vive dentro de la interfaz de un proveedor y no existe en ningún fichero que puedas leer.
La defensa es aburrida y funciona: el dato en bruto guardado en formatos abiertos, las transformaciones en SQL versionado, la orquestación en herramientas estándar y la documentación escrita donde se pueda buscar. Si mañana cambias de proveedor de nube, lo que tienes que rehacer es el envoltorio, no el trabajo.
Nada de esto va contra usar un servicio gestionado cuando sale a cuenta. Va de que la salida exista y esté probada. Que sigas con nosotros tiene que ser una decisión tuya cada año, no la consecuencia de que irte sea imposible.
Un solo interlocutor de punta a punta.
Quien diseña el almacenamiento es quien construye los procesos y quien monta los cuadros de mando. Sin traspasos entre equipos ni fronteras donde se pierda la responsabilidad, que es donde se pierde siempre.
Las cuatro etapas del ciclo son un solo trabajo y por eso las lleva un solo interlocutor. Quien decide dónde viven los datos es quien construye los procesos que los traen y quien monta encima los cuadros de mando: las consecuencias de una decisión temprana las paga la misma persona que la tomó, unos meses después.
El modelo contrario —un equipo por etapa, con una entrega entre cada dos— reparte la responsabilidad hasta que desaparece. Los problemas de verdad no viven dentro de una etapa, viven en la costura entre dos, y en ese reparto la costura no es de nadie. La frase que lo anuncia siempre es la misma: «eso viene así de arriba».
Tiene un límite honesto: este modelo no escala a cualquier tamaño. Si tu proyecto necesita treinta personas en paralelo, no somos la opción correcta, y preferimos decirlo en la primera reunión.
Las cinco tienen la misma forma: cuestan una venta hoy y evitan un proyecto que no habría terminado.
Ninguna es gratis. Decir «esto no lo empezamos» delante de alguien que ya tenía el presupuesto aprobado es incómodo, y alguna vez la conversación se acaba ahí. A cambio, cuando decimos que sí, es porque hemos comprobado que hay algo que ganar y no solo algo que facturar.
Siguiente paso
¿Esto te suena a tu caso?
Escríbenos y lo miramos con tus números delante, que es cuando esto sirve de algo.
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